El Rincón de Milena

Uniendo retazos

Juntamos los retazos hasta formar un todo.

Retazo a retazo te contaré de mi. Vivencias, anécdotas, sueños, ilusiones, alegrías, tristezas y sobre todo aprendizaje. Como fui procesada y que aprendí a través del proceso. Comenzaré con un breve  relato de mi vida. Mientras te vayas envolviendo en mis letras te darás cuenta porque menciono tantas veces que escribir me salvó la vida, porque fue la forma que encontré para salir de los abismos en los que caí cuando el dolor tocó mi puerta.

A los catorce años de edad fui diagnosticada con cáncer de utero. Un tumor en el vientre de aproximadamente siete libras; un cáncer que llegó como torbellino a cambiarlo todo, repentinamente tuve que cambiar el salón de clases por la habitación de un hospital. Todo sucedió muy rápido, pasé una de las mejores etapas de la vida de un adolescente entre médicos, enfermeras, estudios médicos y ese inolvidable olor a hospital.

Algo que siempre recuerdo y que muchas veces  lo uso como testimonio de lo que Dios ha hecho en mi vida fue la osadía de uno de los médicos de guardia cuando entró a la habitación donde me encontraba a hacer su visita nocturna. Tomó mi historial médico,  ese que colocan al lado de la cama del paciente, me miró fijamente y me dijo….

“Tienes que hacerte la idea de que no podrás tener hijos”

El verdugo me dejó sin poder articular palabras. En mi inocencia pude percibir su falta de tacto, frialdad, y falta de de ética profesional. Estas palabras me persiguieron durante muchos años, tanto así que aún las recuerdo.

Lo malo de las enfermedades es que dejan secuelas independientemente de si la asumes con valentía o con cobardía. Un año más tarde,  cuando creíamos que ya los vientos soplaban en otra dirección, el torbellino regresó aún más fuerte, el cáncer había regresado. Una vez más llegaron los cambios, a posponer los sueños, a hacer una pausa en lo cotidiano para enfrentarme con valentía al enemigo que me atacaba.

Una enemigo fuerte,  requiere de un soldado valiente y en eso fue en lo que me convertí, ya había ganado una batalla y esta también la iba a ganar. Me aferre a la vida, me aferre al amor y me vestí con las armaduras de guerra.

No estaba sola, me sentía protegida, amada y cuidada, algo muy fuerte en mi interior me repetía “yo estoy contigo“,  a tal punto de sostenerme, mantenerme de pies y renovar mis fuerzas cada día.

Continuará………………………………………

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